domingo 6 de diciembre de 2009

V a r i e t é II



Ahora que en el blog de cuentos (Despertar de la crisálida) estoy escribiendo relatos sobre religiosas, se me cruzan monjas en el camino casi a diario. Está bien que no es algo raro, porque monjas hay, pero nunca tantas como ahora.
Hoy mismo tomé el colectivo y subieron dos que viajaron paradas al lado mío, de manera que pude oír casi todo su diálogo. Disfruté el poder tener la oportunidad de escuchar algo más que lo corriente; convengamos que por más capacidad de concentración que tenga en la lectura y la meditación, hay gente que viaja hablando a los gritos pelados y desconcentra hasta a los lamas... y hay hombres que después de jugar al fútbol en Comunicaciones o Arquitectura, en lugar de bañarse y hacer de este mundo un sitio más feliz, viajan sudados para beneplácito de las damas presentes, y entonces yo ya no puedo leer más porque hieden como una fugazzeta con doble cebolla guardada en un baúl desde hace tres días. 
Más de una vez, fue llegar a casa y meter mi ropa a lavar por la puzza del hombre en cuestión. 




Hoy tuve suerte, y para mi sorpresa, estas dos monjas que oscilaban entre los veintiocho y treinta y dos años, se pasaron el tiempo tentadas de la risa y a carcajada suelta. Se reían, entre otras cosas, de cuando una de ellas (la gordita) se enganchó la cofia no sé con qué y se cayó un velón de la iglesia al suelo, parece ser que en medio de una misa. Digo "parece" porque se reían tanto que no entendí del todo; luego la flaca comentaba que le gustaba el rubio protagonista de The mentalist, y quedé algo atónita (en el buen sentido de la palabra).
Cuando yo tenía veinte años, trabajé temporalmente para una congregación  clasificando los libros de la biblioteca, no del colegio sino del convento, lo cual era más interesante porque dentro de la especificidad del tema religioso, historia y filosofía, tenía que subclasificar y eso es algo que me encanta. 
No conocía el ambiente monástico salvo por haber leído algunas cosas. Me eduqué en la escuela pública durante la primaria y en un colegio protestante en el secundario, de manera que no había tenido acceso a las religiosas católicas en forma realmente tangible. 
Recuerdo ese trabajo que me tomó dos meses de un verano, como una experiencia formidable de una exigencia que me fascina en lo que a trabajo y estudio se refiere, en donde las horas pasaban sin que yo lo percibiera y el aroma imperante era el del nogal de las bibliotecas.  




Nunca en ese tiempo vi a ninguna de las hermanas reírse como estas dos simpáticas que subieron al 80. Aquéllas deambulaban sin pena ni gloria (con cara de pena y nada de gloria, en realidad); ésas, las de mis veinte años recién cumplidos, salvo la superiora que era una rubia (le asomaba medio centímetro de pelo por el borde de la cofia y vi que aún no tenía más que unas poquísimas canas) era divina, de ojos entre verde y miel, cuarentona y con un físico que bajo el hábito prometía mucho más que el de las otras... así que salvo la reverenda madre que tenía la sonrisa perenne y un tono de voz que daba gusto escuchar; excepto ella, casi todas eran amables pero con el rictus hacia abajo como si no debieran reírse por decreto, y sus voces sonaban cascadas, aún en las jóvenes. 
Quizás yo preste demasiada atención a las voces.



Me preguntaba cómo no se contagiaban de la alegría de la priora... y como todo lo mío es a lo grande y me compenetro con lo que me toca en el momento, me puse a leer con pasión, La religiosa de Denis Diderot. Como igual no me iba a ir de vacaciones porque dinero no teníamos, estaba bueno volar con los libros e imaginar situaciones para escribir más adelante. 

Pienso... si empezara a escribir historias de piratas, ¿Subiría alguno al 80, o ya es demasiado pedir? Quizás, bajo la apariencia de un hombre común, suba el día menos pensado, un pirata disfrazado de empleado bancario (mientras no se trate de un pirata del asfalto).
Aprovechando que cuando escribo sobre un tema pareciera que lo evoco fuertemente y sucede, sería cuestión de empezar a escribir sobre mundos mejores en donde la gente se ayuda y las historias de amor salen bien, más que bien, y en donde no tenga que mirar diez veces antes de entrar a mi casa porque quizás se meta un tipo y me reviente para sacarme lo que tengo y lo que no tengo, también. 




Se me ocurre entonces que tendría que escribir sobre personas que se curan física, mental y espiritualmente y no historias de alguien que se enferma y muere. Hablo en condicional porque sé que no podré cumplir totalmente, ya que me rigen ambas naturalezas: la tragedia y la comedia. Se me ocurren ideas cómicas y terribles; tengo días en que prefiero escribir un grotesco y otros en que Eleanor Rigby impera.

En esos mismos años en que yo esperaba a Godot, y Godot no llegaba, y cada día era un nuevo desafío para mí, decidí que siempre escribiría, más allá de lo que estudiara en esos momentos y de lo que estudiaría después, más allá de que alguien me publicara un libro, dos, tres o cien, o quizás ninguno.  





Otra cosa que me prometí fue nivelar siempre para arriba--estuviera en donde me tocara estar-- y no para abajo.
Nivelar para arriba era para mí estudiar algo que en ese momento me excediera por el grado de dificultad y para lo cual tuviera que esmerarme quitándoles horas al sueño y a las salidas. Dentro de mis gustos y posibilidades, elegí lo más difícil que mi situación económica me permitió estudiar. En los años que mi padre estuvo enfermo (desde que yo tenía ocho años) siempre encontré en las tareas de la escuela, el dibujo y la lectura, un alivio tremendo y una razón para sentir que tenía que salvar algo. En los estudios que hice, siempre encontré profesores que dieron más de lo que la media da. En todos lados hubo uno, dos, tres docentes excepcionales, extraordinarios, generosos. Yo quise entonces ser como esas personas, y en donde me involucro, pongo toda la carne en el asador. 

Cuando enseño, no me guardo nada; digo todo lo que sé sobre un tema y si no digo más es porque no dio el tiempo o se me terminaron los conocimientos sobre el tema.
Nivelar para arriba es también tener pareja y amigos que posean calidad humana, y no gente que anda en cosas malas. 




Nivelar para arriba es quedarse afuera de situaciones, compañías y lugares que nos incomodan y no nos aportan nada esencial, y sí elegir momentos para compartir con quienes sí queremos estar. 
Nivelar para abajo es dar rienda suelta a un complejo de inferioridad.
El maestro que da clases mediocres, el médico que se limita a hacer recetas de PAMI y no revisa a sus pacientes, que ni los mira a los ojos... ¿Hay algo más triste que el médico que no mira a los ojos al paciente?... Conozco casos concretos de médicos redactores de recetas que ni siquiera le han visto la cara al paciente, así como están los héroes que trabajan para salvar vidas y que sí merecen tener ese diploma tan admirable.
El profesor que deja a los alumnos copiando cosas en lugar de dar clase en serio, en vez de despertar la creatividad, de luchar contra el tedio y motivar, y usa el tiempo irrecuperable para ir a charlar con la profesora del aula de al lado... o los directivos que cierran la puerta de su oficina para escuchar música y no ser molestados:
Todos ellos son mezquinos.
Ser empleada de una boutique o perfumería y no responder al saludo simpático de una clienta, es mezquino.  No saludar al colectivero y tratarlo como si él mismo fuera una máquina expendedora de boletos, es mezquino. 









Se puede ser mezquino con el dinero, con el tiempo y con la manifestación del cariño y del amor. Creo que con esto último no habría que ser reticente porque el afecto genuino es lo que esencialmente hace que seamos felices o infelices: 
"Contigo, pan y cebolla". ¿Recuerdan el dicho? 

No es una frase tonta porque cuando tenemos poco materialmente, sabemos con certeza al lado de quién seríamos capaces de capear la tormenta. 
Hoy, como la mayoría de los domingos a la noche, vi un programa que me encanta: "Extreme makeover" (reconstrucción extrema). Allí, un grupo de gente muy profesional, entusiasta y solidaria recluta voluntarios y en una semana le construyen una casa a una familia que la necesita imperiosamente por circunstancias especiales. 
Para quienes ven el programa, mis palabras no añadirán nada ya que es algo que hay que ver y que una vez visto y vivido, todo lo demás viene sobrando. 
La narración no podría reemplazar los hechos. 
Cada familia es escogida cuidadosamente. Hoy mostraron cómo una mujer admirable llamada Susan, ha adoptado a chicas que poseen discapacidades motoras y en dos de los casos, neurológicas. 




Les hicieron una casa de ensueño hasta con elevador, cumplieron deseos impensados a personas que sufren las miradas escrutadoras de la gente, y una de las nenas llamada Faith, confesó que le cuesta mucho ir a la escuela porque la llaman "monstruo". Es decir que no solamente carecen de familia biológica por abandono o muerte de sus padres, sino que tres de ellas nacieron sin piernas, y tienen que soportar además que chicos malos en cuyas casas se ve que no se aprende nada útil, hagan de la tragedia de otros su divertimento. 
¿Qué pasará por la mente de quien se burla de alguien con la cara quemada? ¿Le parece poco lo que le toca vivir al otro para encima llamarlo MONSTRUO? 
El real monstruo es el burlista, tenga la edad que tenga, porque hay chicos a quienes no les nace reírse de otro que tiene una enfermedad o que ha quedado "antiestético" por un accidente. 
Hay quienes son criados para integrar e integrarse a la vida, y existe también esa sub-clase quasi-humana compuesta por los pequeños malvados que con la edad incrementan la maldad y las tácticas hasta convertirse en indiferentes (en el mejor de los casos) o yendo a extremos terribles, en traficantes de órganos.





Creo que alguien puede mejorar y mucho con ayuda espiritual y con terapia, pero cambiar su esencia... de eso no estoy tan segura. Querría no ser tan escéptica. Quizás, alguna persona conozca algún caso que valga la pena rescatar. En lo que a mí respecta, los niños que hacían maldades que conocí, de adultos no han sido gente de bien, mientras que los que tenían buena cepa, la conservaron y algunos la desarrollaron con creces. 
Hace mucho tiempo que pienso en esto: Si la actitud del Extreme Makeover se dispersara hacia todos nosotros, seríamos más felices... o felices por causas más valiosas y trascendentes.
¿Hay aquí en Argentina algo así como el Extreme Makeover? Pienso en que tal vez podría funcionar con éxito. A la gente le gusta colaborar, pero hay que convocarla, y eso tienen que hacerlo los que tienen el poder y el dinero para llevarlo a cabo. 





Quiero cerrar esta entrada con una frase que dijo Faith, la niña con las quemaduras graves: "No juzgues a un libro por su tapa". 
¡Yo digo AMÉN!

Nota: El dibujo con árboles fue pintado con acuarela y lápiz, usando base de cerúleo y sepia para neutralizar el azul. Es el boceto del telón de fondo de mi Werther, Acto III
También aparecen los aros y el anillo que me hizo mi primo Federico, que es artesano, y algunos de mis objetos personales, plantas y partes de mi casa.




viernes 27 de noviembre de 2009

V a r i e t é



Los gustos...
Creo que en parte, somos lo que nos gusta. Yo sería entonces, entre otras cosas, el color cerúleo, que no sé si sea mera casualidad o qué, pero lleva las letras RGB, mis iniciales. 
Parte de mi casa está pintada en ese color y no me canso de mirarlo. En la marca de pintura que se usó, el color se llama "Espiral onírica" (nada más cercano a mí). 
No soy adepta a los colores primarios, salvo en una exhibición de arte y en ambientes muy amplios, pero en cuanto a lugares pequeños, ropa, zapatos, carteras, paredes, cortinas, manteles y afiches, pasando por jarrones, velas, la cobertura del teclado del piano, los decorados en un teatro, la iluminación y los paraguas, prefiero los colores terciarios, ni siquiera los secundarios. 
El azul cerúleo es una mezcla de azul de cobalto con cobre: es un azul verdoso que más tiene de azul que de verde; no es tan oscuro, ni es claro como para convertirse en celeste.
Somos la música que escuchamos, los libros que leemos, lo que callamos, lo que decimos y lo que ocultamos. Soy lo que doy y lo que recibo, sea bueno o malo, lo que acepto y lo que desdeño, lo que como y cómo lo como, lo que creo y lo que no creo. 


Soy las personas que me gustan y las que amo.
Soy lo que dejo que me hagan, y lo que les hago a los demás.








La culpa...
Si una persona perdiera la memoria y empezara a vivir una vida completamente nueva a partir del blanco que se produjo en su mente (sin su entorno más próximo a su lado), perdería también todo sentido de culpa, ya que ésta proviene de la educación que nos han impartido; es un hecho cultural que en algunos cala más hondo que en otros. La costumbre, el hábito, la repetición, todo nos ata indefectiblemente a un estilo de vida y a las personas que entraron en ese círculo.
Si ese mismo hombre (o mujer) comenzara entonces una nueva vida y luego de un tiempo alguien le narrara su existencia anterior hasta el detalle más mínimo, quizás se encontraría ante un desconocido y se reconocería más en esta vida nueva adquirida luego de la pérdida de sus recuerdos.


Creo que somos--algunos más, otros menos--según la obra de Ionesco... Victimes du devoir. Quien no es víctima del deber es considerado un espíritu libre por algunos, y un desaprensivo por otros. Quien es víctima voluntaria del deber, se ve como una persona cabal y responsable ante algunos, y un resignado para otros. 


¿Quién tiene la razón?


Todos tenemos la razón, o nadie. Cada cual conoce sus motivos y cada quien elige su camino. 
Lo difícil es hacerse cargo del resultado de nuestras propias elecciones.









Destino versus elecciones...
El destino inexorable de las tragedias griegas se aplica a ciertas enfermedades graves, pero no a las elecciones que realizamos cotidianamente, a mediano y largo plazo. 


Todo el tiempo estamos eligiendo: Sigo fumando o dejo ya. Empiezo una dieta o como lo que se me cruza ante mis ojos; voy al gimnasio o me quedo leyendo en la mecedora; sigo mi relación con equis persona o la termino aquí y ahora; voy al cine a ver esta película con X o con Y; le entrego mi pasión a un ser humano o a una causa; le entrego mi pasión a la persona, a la causa y a mi vida entera; no entrego mi pasión a nadie; no le entrego nada a nadie; entrego todo lo que tengo a todo el mundo; entrego todo mi ser a una sola persona; soy optimista o pesimista; estudio o vagueo; me abro al amor o me cierro por miedo al sufrimiento que el amor puede y suele acarrear; dejo fluir mis emociones o las tapo con pintura sintética. 


Entrego mi existencia a los prejuicios, o los dejo de lado y soy libre.


Infinito versus finito...
La lista es interminable. Yo también soy interminable y a veces me pregunto si todos somos así de infinitos. Conozco a muchas personas infinitas y llenas de aristas interesantes. Algunas de esas aristas de su personalidad son adorables, cálidas, excitantes y otras, temibles e insoportables en momentos (me incluyo). 


Mi intuición, junto con lo que escucho y veo en la calle, en el supermercado, en el colectivo, en la televisión, radio, en las conversaciones casuales de personas que están charlando en un negocio o en la vereda, es que hay gente bastante finita (no de delgadez sino de limitación mental y espiritual). Creo que están convirtiéndose en mayoría y ganando terreno porque es más fácil la estupidez que la inteligencia. Hablan con lugares comunes y no se cuestionan a ellos mismos jamás, pero sí a los otros constantemente. Viven la vida de la farándula como si les perteneciera y repiten lo que escuchan de fuentes nada fidedignas como si se tratara del correo de la UNESCO. 
Mienten en lo innecesario (creo que a veces es necesario mentir); dicen la verdad cuando se trata de herir pero no a la hora de halagar; se ríen de una desgracia, hablan a los gritos y otros, se callan cuando hay que cantar cuatro verdades. 
No se juegan por nadie y tienen miedo.







Hipocresía...
Mucha de esa gente finita vive entre nosotros. Algunas de éstas hasta gobiernan (un hogar, una escuela, un teatro, una provincia o un país). Muchas de las personas finitas están acomodadas en puestos importantes, y uno (sí, el "uno" criticado en buena hora por Heidegger, ya que quita la responsabilidad del YO)... uno busca lleno de esperanzas, el camino que los sueños prometieron a sus ansias, sabe que la lucha es cruel y es mucha... 


Los sueños prometieron a nuestras ansias ciertas cosas que no podrán cumplirse porque todo depende también, de quién le haya tocado ser a uno, de quiénes lo rodean a ese uno, y de que exista alguien dispuesto a ayudar en el cumplimiento del sueño de esa persona. 


¿Ayudaste alguna vez a alguien a alcanzar su sueño personal? ¿Le has preguntado a alguien en qué podías ayudarlo, o te limitaste a disfrutar de su compañía para tu propio bien?



El reinado de la idiotez... 
No, no es "lo más" vestir como todas de acuerdo a la moda que se nos ríe en la cara y nos quita el dinero a chorros; todo es más de lo mismo y viene pasando desde que Cleopatra impuso sus cánones estéticos rasurándose la cabeza porque las motas eran "grasa", (mersa, cursi y cutre) y haciéndose construir pelucas lacias y negras de crin de caballo. Está bien para ella, muy original por cierto, además Cleopatra hacía lo que quería porque el clavo entra en la pared que puede, y esa frase se aplica a cualquier situación de la vida. 


Todo es más de lo mismo, más de la idiotez que nos lleva de las narices hacia un lugar en donde la individualidad va perdiéndose, salvo en casos encontrados como agujas en un pajar, en gente a la que le importa un bledo si el peluquero le dice si su peinado está in o out. Pero vivimos y festejamos un país en decadencia en donde la palabra "boluda" va creciendo acorde pasan los años (palabra completamente sin sentido) y "boludo" sigue vigente pero con mucha más justificación que el femenino, ya que los hombres sí tienen bolas (a menos que las boludas se refieran a las bolas interiores, es decir los ovarios). 
Il mondo intero è un palcoscenico!... sí, Shakespeare, el mundo es un escenario porque los que vivimos en él, actuamos roles en vez de vivir naturalmente. 
¿Quién no se vio alguna vez obligado aunque sea un poquito a actuar en el juego de la vida? 


¿Llegaremos al momento en que el uno de Heidegger impere y ya no tengamos ni siquiera nombre? ¿Seremos todos boludo de acá y boluda de allá, tipo qué, tipo nada?


Me encantan la indumentaria, los zapatos, los accesorios, la combinación de colores, los cortes de pelo, los cambios estéticos en mi persona y en mi casa... pero no porque nos guste vestirnos, necesariamente tenemos que sucumbir ante el último grito de la moda. 
¿Se imaginan a la moda gritando? Yo me la imagino riéndose a carcajadas de ciertos diseñadores y de ciertas modelos devenidas en dueñas de casas de moda, cuyas indumentarias son reales porquerías que valen un ojo de la cara (¿De dónde más va a ser un ojo? Del huracán, quizás). Vivo a dos cuadras de un Shopping Mall... Hay unos vestiditos que parecen de refugiadas que no se bañan hace cuatro meses y esos vestiditos de cotolengo cuestan casi mil pesos. 
¿Es mal gusto o taradez?


Me agoté... Yo debo estar re-out para esta gente, lo cual me importa tanto como que en Urano se cultive la achicoria. 


Una persona está in cuando sirve para algo concreto en la vida, y está out, cuando vive en la pavada permanente.


Según el tango de Mores y Discepolo, creo que yo lucho y me desangro por la fe que me empecina.
No sé si sea lo más conveniente, pero la vida no se trata sólo de lo que conviene si no de lo que deseamos...




lunes 16 de noviembre de 2009

La casita de los pájaros






Hacía mucho tiempo que tenía ganas de tener una casita para atraer pájaros. Tanto es así, que en la terraza tengo un bebedero. Finalmente, concreté y para darle mi toque personal, reemplacé el cartel que traía puesto, en donde aparecía un pálido y estandarizado Home. Hice mi propio cartel, con la forma y letras que yo tengo ganas de ver todos los días y en un idioma que me agrada... el húngaro. 
Así es que "comedero de pájaros" se dice Madáretető.


La gran emoción llegó por fin después de muchos días de ya tener la casita. El sábado a la hora de la siesta, mientras leía, escuché un aleteo en el patio y al instante, un pájaro cantando. Vino a husmear la casita, en donde yo había dejado unas migajas de vainillas. 
Detrás de ése, llegaron dos más. Cuando pueda sorprenderlos, les tomaré una foto para postear acá. 




¡Y pensar que cuando era chica, le pedí a mi papá que me hiciera un espantapájaros para tener en casa! Lo hicimos entre los dos, lo vestimos, le pusimos un sombrero de granjero y pintamos su carita sonriente. En realidad, lo que yo quería era un muñeco tamaño natural en el fondo de mi primera casa y colaborar en la confección del cuerpo, la cabeza y la indumentaria. Nos tomamos nuestro tiempo y trabajamos sobre una mesa de madera pintada en color verde inglés que teníamos bajo el techo de chapa que hacía de galería en el patio. 


Con un hilo grueso color rubio, le fabricamos una peluca con flequillo, y para vestirlo, pintamos una camisa con pintura al látex para exteriores simulando el patrón de las telas leñadoras. El látex era para que el espantapájaros no se pudriera y así también repetimos la operación con un viejo pantalón gris. 
Giuseppe  vivió en casa por bastante tiempo, sin espantar pájaro alguno y convirtiéndose en el receptor de muchas confidencias de mi infancia. Me he sentado frente a él a conversar y lo usé de alumno cuando jugaba a la maestra. 


No sé si está de más aclararlo... pero nadie en mi casa quería espantar a los pájaros, si hasta uno hizo nido en el hombro de mi Giuseppe y mientras me hamacaba cantando, veía cómo el espantapájaros había dado vida a los que supuestamente espantaría... en su hombro rotoso y en su peluca de hilo sisal.




jueves 12 de noviembre de 2009

No se puede prohibir a la flor... (A virágnak megtiltani nem lehet…)




Hoy, entre poemas y cartas, estuve releyendo casi todo lo que tengo hasta el momento de Sándor Petőfi, y creo que de lo que conozco, "No se puede prohibir a la flor" dice mucho sobre lo que opino de cualquier aspecto de nuestra vida en general: No se puede prohibir lo que está destinado a ser. En realidad, la prohibición puede ejercerse por la fuerza, suave y persuasivamente, lentamente, tajantemente, pero en el interior de cada uno de nosotros, nuestra alma es libre. Podemos arrancarle a una flor todos sus pétalos, masticarlos y escupirlos, pero eso no ha hecho que la flor no existiera. Con el amor pasa lo mismo.
Me conmueve el lirismo de este poeta húngaro, su profundidad que a primera vista pareciera aveces solamente espontaneidad y lozanía, y sin embargo, esas palabras llenas de frescura expresan lo genuino que es en sí profundo sin caer en lo complicado; como un Mozart de la poesía.
No suele ser fácil ser profundo y fresco al mismo tiempo, y Petőfi lo logra.

A virágnak megtiltani nem lehet,

No se puede prohibir a la flor

Hogy ne nyíljék, ha jön a szép kikelet;

Que se abra, si viene la primavera bella,

Kikelet a lyány, virág a szerelem,

Primavera es la muchacha, flor es el amor,

Kikeletre virítani kénytelen.

Para la primavera se ve obligada a florecer.


Quiero creer que la inspiradora de estos versos, a quien él se los escribió quizás bajo la sombra de un árbol, o sentado en la orilla del Balaton, del Danubio mirando desde Pest hacia Buda, o sobre una mesa minúscula viendo por la ventana el cielo, quizás la nieve... retomo: deseo que ella haya llegado a leerlo a tiempo.
Basta ya de historias en donde los amores se destapan post-mortem, por favor.
Necesito creer que ella supo que Sándor la amaba y le correspondió.

Sándor, Alejandro para nuestra lengua, un Él que no es cualquier él, sino el hijo de István y Mária, alguien que como la mayoría de los húngaros de cierto tiempo, se encontró cuando menos lo esperaba con lo inesperado, con que la vida ejercería sobre él y su familia un viraje drástico. La inundación del Danubio de 1838 juntamente con la bancarrota de un familiar los devastó, haciendo que el joven de quince años se viera obligado a dejar la escuela.

Hoy pensaba que aunque parezca algo absolutamente loco, una idea demencial, incoherente... muchas veces el haber tenido que abandonar forzosamente los estudios ha producido el efecto inverso al previsto, que en vez de entregarse a un destino chato, un hombre o una mujer crecieran en su fuerza espiritual y emocional para darle un vuelco positivo a sus vidas golpeadas y convertirse luego en escritores destacados, en personas que tuvieron algo para contar que no moría dentro de las paredes de la mediocridad y del "más de lo mismo".
Ellos han sido inspirados por sus antecesores y a la vez, nos inspiran a los que todavía estamos vivos.

Kedves babám, megláttalak, szeretlek!

Mi querida muñeca, te vi, te empecé a amar,

Szeretõje lettem én szép szemednek –

Llegué a ser amante de tus bellos ojos --

Szép lelkednek, mely mosolyog szelíden

De tu alma hermosa que sonríe mansamente

Szemeidnek bûvösbájos tükrében.

En el espejo de tus ojos mágicos gentiles.

Titkos kérdés keletkezik szivemben:

Una pregunta secreta surge de mi corazón:

Mást szeretsz-e, gyöngy virágom, vagy engem?

¿Amas a otro, mi muguet, o a mí?

Egymást ûzi bennem e két gondola

Los dos pensamientos se persiguen dentro mío,

Mint õsszel a felhõ a napsugarat.

Como en el otoño la nube al rayo del sol.


Jaj ha tudnám, hogy másnak vár csókjára

Oh, si supiera que espera el beso de otro

Tündér orcád teljében úszó rózsája:

La rosa que refleja tu rostro de hada

Bujdosója lennék a nagy világnak,

Sería un errante de este gran mundo,

Vagy od’adnám magamat a halálnak.

O me entregaría a la muerte.


Admirador de Percy Shelley y Heinrich Heine, amante del teatro, de la naturaleza, de su patria, de los Cárpatos, del amor y de la vida... su partida de este mundo es aún un misterio. La versión oficial dice que murió sirviendo al ejército transilvano y que fue asesinado por las tropas rusas. También puede haber sido enviado a Siberia, en donde muchas vidas encontraron su callejón sin salida a espaldas del conocimiento del afuera, una verdadera película de terror.
Hay médicos que afirman haber reconocido su esqueleto, aunque otras personas dijeron haberlo visto mucho después de declarada su muerte vagando de incógnito por las calles de Budapest. También se habla de impostores que tras su muerte afirmaban ser el gran poeta.
Sea como fuere, Sándor Petőfi vivió una corta e intensa vida que hasta el día de hoy, ha trascendido y dejó un legado de valor inconmensurable:
Hay vidas que valen la pena ser vividas y ésta es una de ellas.

Ragyogj reám, boldogságom csillaga!

¡Brilla sobre mí, estrella de mi felicidad!

Hogy ne legyen életem bús éjszaka;

Que mi vida no sea una noche triste,

Szeress engem, szívem gyöngye, ha lehet,

Ámame, perla de mi corazón, si es posible,

Hogy az isten áldja meg a lelkedet.

¡Que Dios bendiga tu alma!


Y ha de ser también como escribiera otro húngaro que me encanta, Albert Wass (lo diré con mis palabras, como lo recuerdo), que no nos damos cuenta de que respiramos mientras el aire es puro, sino cuando hay humo en el ambiente y tenemos dificultad para hacerlo. Así es que jamás percibimos que somos libres mientras gozamos de la libertad, sino cuando carecemos de ella. En esos momentos es cuando nos surge la sed desesperada y persistente en pos de una libertad que antes dábamos por sentada y no veíamos. Sándor Petőfi ante su propia sed de aprendizaje y de letras, trabajó en teatros en la ciudad de Pest, y luego fue maestro.

Terminó como soldado, nada extraño en esos años y en el sitio en que le tocó nacer. Absorbió todo lo que su vida pudo darle y escribió una cantidad de letras tan tremenda, que parece imposible que solamente haya vivido veintiséis años.

Petőfi... No parece haber sido cualquier "Él", sino uno de esos seres especiales que pueden expresarse desde el alma sin pasar por los filtros de los temores.



miércoles 28 de octubre de 2009

Tras las ventanas

Ella, una posible María Laura con sobredosis de romanticismo, mira tras la ventana de su esquina de Villa del Parque, y piensa en él, quizás Gerardo, un Gerardo demasiado racional cuando se lo propone y romántico al fin cuando María Laura decide (no sin esfuerzo) racionalizarse.
Un lazo invisible los une a pesar de sus desavenencias y desencuentros.
¿Quién dijo que el amor perfecto es aquél que resulta fácil? Quizás, la prueba fehaciente del verdadero amor, sea el poder pasar las pruebas y aún así continuar.
Ella mira desde su ventana que por fuera no parece nada del otro mundo, pero que por dentro es un ojo fantástico hacia el universo exterior, y le escribe un mensaje de texto, a media hora de haberse despedido:

Recibo tus besos,
circulares,
envolventes,
masculinos,
dulces,
abrasadores,
únicos
y te envío los míos,
igual de prolongados,
sabrosos,
apasionados,
llenos de tanto...
como los de hoy.

Y el que se llama Gerardo, que también podría ser Marcelo o Germán, recibe el mensaje de María Laura y sonríe complacido, ancho de ser el receptor de una pasión ardorosa, cuando tanta gente transcurre su vida sin pasión de ninguna índole, ni siquiera un atisbo de frenesí por una profesión o por una causa existencial, menos aún por otro ser humano, uno que le haya hecho cambiar hasta el metabolismo y ciertas estructuras de pensamiento, alguien que le haya movido una pieza de su rompecabezas mental y hormonal, dejándolo desarmado, lleno y vacío... lleno de amor, vacío de supersticiones y conceptos errados, lleno de vitalidad y vacío de viejos patrones de comportamiento, para poder así asimilar nuevas circunstancias.

Sí, Gerardo, Marcelo, Germán... como se llame el agraciado cuyo escritorio está prolijamente dispuesto detrás de esta ventana de la calle Condarco... este hombre está feliz, y responde el mensaje con una poesía de Albert Wass, quien murió esperando que le devolvieran sus Cárpatos, pero mientras vivió, supo bien qué era el amor...


Veo que hoy caminaste por aquí,
dejaste una huella sobre el césped cubierto de rocío.
Quizás los pájaros también cantan por esto
y Dios también dirá por esto quizás:
que haya tiempo hermoso hoy!
También por esto salió el sol tan temprano,
para que pueda besar esta pequeña huella,
que lleva hasta el bosque de hayas.
Ya al bosque de hayas ni echa una ojeada:
en el bosque de hayas de todas maneras se perdió.
Por esto cayó hoy el rocío,
para que, donde caminas, quede una huella minúscula.
Y que haya algo que un caminante extraño
besuquee en el césped cubierto de rocío.


domingo 18 de octubre de 2009

Tras las puertas

Rodelinda B. vive detrás de esta puerta y da clases de piano a alumnos elegidos a dedo, a aquéllos a los que siente que transmitirá algo que aunque pequeño, sea perdurable y la convierta a ella misma en alguien que dejó una huella en este mundo. Por eso quizás tiene pocos clientes y de características heterogéneas, y su alma está llena de notas en tonalidades mayores y menores, desde que se despierta hasta que se va a dormir, y aún en la vida onírica; desde escalas elementales tocadas por deditos infantiles, hasta la rapsodia número dos de Liszt ejecutada por algún varón agraciado, medio parecido a Ralph Fiennes, de mirada expresiva y vestir algo demodé o quizás snob, con los ojos perdidos en la partitura que Rodelinda comprara en la Antigua Casa Begega de Villa del Parque durante la década del setenta, cuando la pianista de barrio rozaba ya unos treinta septiembres que parecían cuarenta… los días de sol, y cincuenta, cuando llovía.

Federico S. es el guardián de los sueños de la casa de la calle Nazarre, y ama la puerta de su casa con semejante intensidad a la que preserva su vida. Esa casa es la misma que lo vio nacer hace setenta años. Así es que desde que ni siquiera alcanzaba el lavabo, hasta hoy que el borde de éste le llega por debajo de la cintura, él peina su precioso cabello blanco una vez por día y se mira, viendo mucho más allá de las marcas que el tiempo ha repujado en su divino rostro. Federico se ha mirado en los mismos espejos y ha caminado los mismos trechos toda su vida; es todo lo que sé. Siempre se ha visto a sí mismo desde la misma perspectiva, y en ella se encuentra cómodo; por eso ama su puerta detentora y no permite que la casa se venga abajo, ya que el día en que eso suceda, él caerá junto con ella.

Las hermanas De la Vallée viven tras esta puerta y casi no salen a descubrir el afuera porque en cierto modo, le temen y sienten que el mundo no las quiere, que no les ha prestado la debida atención hasta ahora, y en realidad, ahora mismo es ya algo tarde para empezar; todo depende de qué sea lo que se quiere empezar. No obstante, las francófonas disfrutan de su hogar y algo aniñadamente, viven como cuando llevaban el pelo trenzado y jugaban a saltar la cuerda en el jardín. Yo me pregunto si alguien las visitará alguna vez, si habrá pasado un novio por sus vidas, y no sé por qué me hago tales preguntas si la respuesta viene obvia, un No rotundo. No ha ocurrido nada de eso que yo les desearía: visitas y algún novio en su pasado, alguna foto masculina en su álbum, y no precisamente las que sí tienen, de Montgomery Clift, Charlton Heston, Gregory Peck y otros novios de fantasía. El paso de las hermanas por aquí ha transcurrido en silencio y en silencio partirán, dejando sus trenzas y su soga de saltar…

Detrás de esta puerta de la calle Terrada, vive un matrimonio que se casó a una edad fuera de los estándares que marca la sociedad, y me puso contenta de que se hicieran cosas fuera de lo trillado. Él era casi octogenario y ella... no precisamente una piba, aunque bastante más joven que él según el documento de identidad.
Se conocieron en un cacerolazo en el centro de Buenos Aires, protestando contra el gobierno, y cuando a Sonia, por su vehemencia desbordada se le cayó la cacerola sobre los pies de Eduardo, la miró y se descubrió a sí mismo todavía joven para amar, para lo cual no existe la fecha de vencimiento.
Ella tardó un poquito más en descubrir qué le pasaba porque estaba ensimismada en sus fracasos amorosos, y por eso, tuvieron que encontrarse una y otra vez, pero ya con cita armada para un café, esta vez sin ollas ni sartenes en el medio, sino con perfume, linda ropa y buen semblante.
El primer café se tomó en el barrio de Belgrano, el segundo, en Belgrano R; el tercero en Barrio Norte, el cuarto en Retiro, el quinto en Recoleta, luego Devoto, Villa del Parque y Palermo... y así se acercaron desde el alma para luego llegar al cuerpo.
Sonia y Eduardo se encontraron a causa de una protesta y terminaron viviendo bajo el mismo techo, compartiendo desayunos y risas, lecturas, películas y sueños.

Don Vladimiro vive con la nieta detrás de los confines de esta puerta tan común en el barrio de Devoto. He espiado parte de su casa por dentro, cuando en la hora del crepúsculo Miranda corre las cortinas, abre las celosías y se ve entonces al abuelo leyendo mientras fuma pipa y la nieta enciende simultáneamente sahumerio para neutralizar de alguna forma, el aroma del hogar. Los muebles son lindos; no alcanzo a ver si de roble o nogal porque la luz que usa Don Vladimiro para leer proviene de una lámpara de pie que por su pantalla de tela, pinta de un cerúleo semioscuro el ambiente agradable. No puedo quedarme más porque Miranda se acerca con cara de pocos amigos, pero ya me dio bastante material para trabajar mi imaginación.

Tras las rejas, una puerta cuidada, y tras la puerta, un matrimonio joven que ha decidido habitar una casa de estilo que les remite a sus infancias felices; bien por ellos. Tienen cuatro hijos, dos aún en jardín de infantes y otros dos en la primaria: tres varones y una nena que es un angelito, una preciosura simpática que saluda a cualquiera que pase, un encanto que parece provenir de otros tiempos, como las fotografías de cuando mi abuelita era chica. La nena se llama Cristal... esos nombres que antes eran sustantivos comunes, que han devenido en propios solamente colocando la mayúscula inicial, por obra y gracia de la imaginación humana. No quiero saber qué apellido tendrá Cristal porque temo desencantarme y que me suene a culebrón de las cuatro de la tarde. Prefiero identificar a la niña con la belleza y delicadeza del cristal; quiero pensar que será una mujer cariñosa, inteligente, transparente y dedicada a hacer más bien que mal mientras le toque estar en este mundo.


Fotos y textos de Raquel Barbieri

jueves 15 de octubre de 2009

Perspectivas III - Blog Action Day 2009

un ave de Bariloche captada en su disfrute por mis primos

Llegó el día en que nos han solicitado publicar un artículo acerca del cambio climático mundial, encarando cada cual su texto hacia donde perfilan sus intereses como persona. Ya publiqué el mío en el blog de idiomas, al cual se puede acceder haciendo click en el título de esta entrada, así como entrando directamente a:

A su vez, si desde allí desean ingresar a la página madre, haciendo click en el título, entrarán al website de Blog Action Day:

el pato de mi escuela de jardinería

¿Para qué es esto? Porque no podemos continuar de esta manera tan irresponsable, y no hablo de todos porque hay mucha gente que separa la basura, que produce la menor cantidad de contaminación posible, que se fija en qué material compone lo que va a comprar, para saber si se degradará o no con el tiempo, y quizás decide gastar un poco más de dinero pero hacer una elección más pro-vida.
En general, somos de cuidar nuestra casa, de barrer y limpiar los pisos, cambiar nuestras sábanas y refrigerar nuestros alimentos (los que podemos hacerlo, claro está); no se comprende entonces por qué la calle parece ser un gran basurero en donde la gente arroja desde el colectivo bolsas de plástico, botellas, restos de comida, y cuando desde los autos salen volando colillas encendidas de cigarrillos y goma de mascar (chicle, para los argentinos) que comerá algún ave inocente para luego morir.

el perro y la tortuga de mi prima

¿Cuesta tanto pensar en los demás seres vivos? ¿Por qué no tenemos imaginación para dejar de perjudicar el medio ambiente, aunque sí surge la imaginación a la hora de maltratar a un animal, destruir una plaza, romper un árbol, quemar porquerías?
¿De qué se está quejando el que nos ahoga, el que nos ensucia, el que hace bolas de goma de mascar sabiendo que el dulce de la sustancia atrae a los pájaros?
¿En dónde se enseña y en dónde se aprende?
En la casa, en la escuela, leyendo, viviendo y observando que los seres que nos rodean son nada más y nada menos que un milagro y que nosotros no somos quiénes para destruirlo. En tal caso, si nos es indiferente un perro o un gato callejeros, un pájaro herido o una pobre persona a la que le falta una pierna y pide limosna, por lo menos, no les hagamos la vida más triste de lo que la tienen ya.


Renata

Gran parte del desastre de contaminación de este planeta se debe a nuestra indiferencia atroz, el gran problema de la historia de la humanidad, el único por donde podría empezar a enmendarse el desastre en el que estamos inmersos.

Si dejáramos de ser indiferentes, no nos pasarían inadvertidos ciertos descuidos que provocan un final triste. Si echamos insecticidas indiscriminadamente, si arrojamos las pilas sulfatadas a la tierra directamente, pudiendo encerrarlas en botellas de plástico bien tapadas para que al menos se conserven en cautiverio y no envenenen el suelo que pisamos, en donde probablemente pueda llegar a plantarse un alimento que nos llevaremos a la boca; si todo nos da igual y el mundo es para nosotros algo sin importancia, un día ya no podremos ni siquiera respirar sin algún aparato que filtre el aire contaminado.


Queremos un mundo más limpio en donde respirar no llegue a ser un lujo y en donde se respeten los espacios de los demás, sean estos "demás" plantas, animales o seres humanos.


martes 6 de octubre de 2009

Perspectivas II

La arquitectura denota el pensamiento de una época y lugar, en donde los hacedores dibujan a escala, expanden, esculpen y vierten sobre el material perdurable la muestra de una estética que refleja en cierta medida, las características de la filosofía de la época. Otro tanto hacen los escenógrafos, aunque el material es efímero y la inmortalidad queda en las fotos.
Mientras existieron tiempos en que la arquitectura era más una obra de arte que algo meramente funcional, se criticó la opulencia. Cuando surgieron edificios horribles y planos, descoloridos y sin ornamento alguno, se criticó la fealdad y rigidez.
La crítica es una enfermedad crónica, de la cual yo no estoy exenta.

No puedo apartar mis ojos de los edificios (de estilo) cuando viajo en el colectivo, en un auto o sencillamente, cuando voy caminando.
Desde que era chica, me gustó mirar hacia arriba porque los edificios tienen una de sus mejores partes allí, en los techos y cúpulas, en la teja pizarra, en los capiteles, en la terminación que cada artista dio y hace que cada obra tenga su marca particular, la ornamentación mágica de las vistas aéreas, lo que denota que una ciudad es ésa y no otra.
Cuando tomé estas fotos, no siempre fueron días felices y llenos de gloria. Quizás por eso las haya tomado, para adueñarme de una porción de mundo y conservar para siempre la imagen multidimensional en mi cerebro, biplana en estas fotos que me recuerdan un momento que decidí hacer perenne, porque lo que veía me fascinaba y me redimía de lo otro.

Solemos idealizar la vida del otro, y el otro, hacer otro tanto con la nuestra; pensamos que es más feliz una persona que otra sólo por lo que se presume desde afuera o desde sus palabras presuntuosas; asumimos, damos por sentado, y es virgen la que tiene facha de, aunque no lo sea, y pasa a ser puta ante nuestros ojos una virgen o una que sin ser virgen es una no-puta; simplemente nos dejamos guiar por lo que la apariencia nos dicta y reaccionamos de acuerdo a un patrón de estructura mental adquirido desde la infancia.
Solemos pensar que la persona más sumisa y callada es buena, sencillamente porque traga y no vomita; hasta quizás sea cobarde y reaccione desmesuradamente en el momento menos pensado. Asumimos que quien grita a lo animal feroz, no puede más que ser una bestia peluda. Sí, es desagradable, pero no siempre un animal herido es lo peor con lo que podemos encontrarnos.
A veces, de tan complicados, pasamos a ser demasiado simplistas los humanos.

No tantas veces las apariencias dicen la verdad, sí expresan parte de la realidad, ya que la realidad es lo visible, lo tangible... pero la verdad es algo más profundo que existe muy a nuestro pesar y que aunque tapemos, seguirá estando allí.
Veo a la realidad como aquel conjunto de situaciones que elegimos para mostrar al mundo, mientras que la verdad es lo que vive dentro de nosotros y nos trasciende.
La realidad es manejable y la verdad... no siempre ni tanto.

La arquitectura refleja de lo que es capaz el ser humano cuando se mentaliza positivamente, cuando vive su existencia para dejar algo bueno, un motivo de estudio para otros, un templo que servirá para que alguien tome una decisión trascendente, un museo en donde alguien encontrará su vocación, o un Empire State, en donde los enamorados harán citas y se prometerán un amor eterno que raramente se da, pero que es emocionante creer que existe porque insufla de energía vital cada mañana y cada noche al ir a dormir.

Michelangelo pensó en lo trascendente y no en si quedaría jorobado y avejentado por trabajar tantos años en la Capilla Sixtina, colgado de andamios incómodos y discutiendo con papas insoportables, aguantando la presión de todos aquellos trabajos intermedios que estaba obligado a realizar en un tiempo límite, aún cuando se encontrara retrasado con los frescos de la Capilla.
Él veía algo más allá, inalcanzable a los ojos de un ser chato; veía algo arcano al pensamiento que prima hoy día.
Este comentario no viene de la nada; me dio bronca recibir en mi correo electrónico un aviso de exhibiciones de arte en salas importantes de Buenos Aires, y hay cada pintora que exhibe... y cuando se ve el apellido, es el mismo que el del dueño de un museo.
Claro, se entiende la tentación, pero de allí a que le hagan una buena crítica a una cochambre que cualquier chico con ataque al hígado podría pintar una tarde de mal humor... hay un abismo.


Vivir en un mundo lleno de perspectivas distintas, nos desencaja, desestructura e invita a ver la vida con nuevos ojos. Hace mal un rato, pero después de tomar bicarbonato y volver en sí, hace bien saber en dónde se está parado.

El mundo de hoy, con todas sus ventajas, es también un mundo en el que se confunde casi todo. Entonces se le llama artista a cualquiera que estampa un ladrillo contra un lienzo, le lanza ketchup a la distancia y dibuja como criatura de jardín de infantes, llamando a la maravilla: Confrontación estructural entre el pensamiento primario y la dureza de una sociedad emergente.
"Si el sabio calla malo, si el necio aplaude, peor"

En el fondo, todos, hasta el chanta que pintó el cuadro y el entorno que lo sustenta, saben que es un blef, un fiasco, una aproximación al querer ser, un querer darle el gusto a la nena para que no se traume, tenga la nena veinte o cincuenta años. Vale para la escritura, para la régie y para lo que venga en donde exista el acomodo.

Las perspectivas distintas van desde lo que es feo para alguien y hermoso para otros, justo para uno e injusto para otro, hasta la elección de un estilo de vida.

Las perspectivas diversas hacen que haya gente para la cual Mozart es aburrido y la cumbia villera, lo más.

Mientras más se baja el estándar cultural de la persona, más surgen con fuerza las novelas en donde la abuela se acuesta con el peón, y da a luz a un niño lobo que termina casándose con la señorita de la casa, que a su vez cambia de sexo a la edad de treinta años y al pasar a ser hombre, se casa con su propia abuela que se cansó del peón, pobre hombre despreciado que se conforma con una monja devenida diseñadora de modas.

En estos días más que nunca antes, pensé en que la realidad es más virtual que otra cosa. También, por vivir mi propia vida y escuchar a quienes se sinceran conmigo, me doy cuenta de que una gran cantidad de gente preferiría estar en otro sitio y con otra persona, bajo otras circunstancias.

Nunca admiré a los que dicen que volverían a hacer las cosas exactamente como las hicieron, que no se arrepienten de nada, y todo el bla bla bla que sigue. Lo he escuchado en reportajes, en salas de espera y en confiterías. Admiro a quien admite un equívoco y el crecimiento que ese reconocimiento le trajo, aunque tenga que llorar.
A mí me sirve más arrepentirme de haber dejado pasar una oportunidad única, un regalo de la vida, y me deja más madura para afrontar mi futuro de otra manera, habiendo crecido, un futuro que puede constar de veinticuatro horas o de cincuenta años a partir de ahora. No me quiero ir del mundo necia y sin saber a quién he querido y por qué, a quién he llorado y por qué.
No dejaré ninguna Capilla Sixtina, qué lástima, pero no tengo el talento de Michelangelo ni la belleza de Nicole Kidman, ni la bondad de Teresa de Calcutta, ni la paciencia de Penélope.
Aún así, valgo la pena.



Como siempre os digo, usad mis fotos si os agradan.