Ahora que en el blog de cuentos (Despertar de la crisálida) estoy escribiendo relatos sobre religiosas, se me cruzan monjas en el camino casi a diario. Está bien que no es algo raro, porque monjas hay, pero nunca tantas como ahora.
Hoy mismo tomé el colectivo y subieron dos que viajaron paradas al lado mío, de manera que pude oír casi todo su diálogo. Disfruté el poder tener la oportunidad de escuchar algo más que lo corriente; convengamos que por más capacidad de concentración que tenga en la lectura y la meditación, hay gente que viaja hablando a los gritos pelados y desconcentra hasta a los lamas... y hay hombres que después de jugar al fútbol en Comunicaciones o Arquitectura, en lugar de bañarse y hacer de este mundo un sitio más feliz, viajan sudados para beneplácito de las damas presentes, y entonces yo ya no puedo leer más porque hieden como una fugazzeta con doble cebolla guardada en un baúl desde hace tres días.
Más de una vez, fue llegar a casa y meter mi ropa a lavar por la puzza del hombre en cuestión.
Hoy tuve suerte, y para mi sorpresa, estas dos monjas que oscilaban entre los veintiocho y treinta y dos años, se pasaron el tiempo tentadas de la risa y a carcajada suelta. Se reían, entre otras cosas, de cuando una de ellas (la gordita) se enganchó la cofia no sé con qué y se cayó un velón de la iglesia al suelo, parece ser que en medio de una misa. Digo "parece" porque se reían tanto que no entendí del todo; luego la flaca comentaba que le gustaba el rubio protagonista de The mentalist, y quedé algo atónita (en el buen sentido de la palabra).
Cuando yo tenía veinte años, trabajé temporalmente para una congregación clasificando los libros de la biblioteca, no del colegio sino del convento, lo cual era más interesante porque dentro de la especificidad del tema religioso, historia y filosofía, tenía que subclasificar y eso es algo que me encanta.
No conocía el ambiente monástico salvo por haber leído algunas cosas. Me eduqué en la escuela pública durante la primaria y en un colegio protestante en el secundario, de manera que no había tenido acceso a las religiosas católicas en forma realmente tangible.
Recuerdo ese trabajo que me tomó dos meses de un verano, como una experiencia formidable de una exigencia que me fascina en lo que a trabajo y estudio se refiere, en donde las horas pasaban sin que yo lo percibiera y el aroma imperante era el del nogal de las bibliotecas.
Nunca en ese tiempo vi a ninguna de las hermanas reírse como estas dos simpáticas que subieron al 80. Aquéllas deambulaban sin pena ni gloria (con cara de pena y nada de gloria, en realidad); ésas, las de mis veinte años recién cumplidos, salvo la superiora que era una rubia (le asomaba medio centímetro de pelo por el borde de la cofia y vi que aún no tenía más que unas poquísimas canas) era divina, de ojos entre verde y miel, cuarentona y con un físico que bajo el hábito prometía mucho más que el de las otras... así que salvo la reverenda madre que tenía la sonrisa perenne y un tono de voz que daba gusto escuchar; excepto ella, casi todas eran amables pero con el rictus hacia abajo como si no debieran reírse por decreto, y sus voces sonaban cascadas, aún en las jóvenes.
Quizás yo preste demasiada atención a las voces.
Me preguntaba cómo no se contagiaban de la alegría de la priora... y como todo lo mío es a lo grande y me compenetro con lo que me toca en el momento, me puse a leer con pasión, La religiosa de Denis Diderot. Como igual no me iba a ir de vacaciones porque dinero no teníamos, estaba bueno volar con los libros e imaginar situaciones para escribir más adelante.
Pienso... si empezara a escribir historias de piratas, ¿Subiría alguno al 80, o ya es demasiado pedir? Quizás, bajo la apariencia de un hombre común, suba el día menos pensado, un pirata disfrazado de empleado bancario (mientras no se trate de un pirata del asfalto).
Aprovechando que cuando escribo sobre un tema pareciera que lo evoco fuertemente y sucede, sería cuestión de empezar a escribir sobre mundos mejores en donde la gente se ayuda y las historias de amor salen bien, más que bien, y en donde no tenga que mirar diez veces antes de entrar a mi casa porque quizás se meta un tipo y me reviente para sacarme lo que tengo y lo que no tengo, también.
Se me ocurre entonces que tendría que escribir sobre personas que se curan física, mental y espiritualmente y no historias de alguien que se enferma y muere. Hablo en condicional porque sé que no podré cumplir totalmente, ya que me rigen ambas naturalezas: la tragedia y la comedia. Se me ocurren ideas cómicas y terribles; tengo días en que prefiero escribir un grotesco y otros en que Eleanor Rigby impera.
En esos mismos años en que yo esperaba a Godot, y Godot no llegaba, y cada día era un nuevo desafío para mí, decidí que siempre escribiría, más allá de lo que estudiara en esos momentos y de lo que estudiaría después, más allá de que alguien me publicara un libro, dos, tres o cien, o quizás ninguno.
Otra cosa que me prometí fue nivelar siempre para arriba--estuviera en donde me tocara estar-- y no para abajo.
Nivelar para arriba era para mí estudiar algo que en ese momento me excediera por el grado de dificultad y para lo cual tuviera que esmerarme quitándoles horas al sueño y a las salidas. Dentro de mis gustos y posibilidades, elegí lo más difícil que mi situación económica me permitió estudiar. En los años que mi padre estuvo enfermo (desde que yo tenía ocho años) siempre encontré en las tareas de la escuela, el dibujo y la lectura, un alivio tremendo y una razón para sentir que tenía que salvar algo. En los estudios que hice, siempre encontré profesores que dieron más de lo que la media da. En todos lados hubo uno, dos, tres docentes excepcionales, extraordinarios, generosos. Yo quise entonces ser como esas personas, y en donde me involucro, pongo toda la carne en el asador.
Cuando enseño, no me guardo nada; digo todo lo que sé sobre un tema y si no digo más es porque no dio el tiempo o se me terminaron los conocimientos sobre el tema.
Nivelar para arriba es también tener pareja y amigos que posean calidad humana, y no gente que anda en cosas malas.
Nivelar para arriba es quedarse afuera de situaciones, compañías y lugares que nos incomodan y no nos aportan nada esencial, y sí elegir momentos para compartir con quienes sí queremos estar.
Nivelar para abajo es dar rienda suelta a un complejo de inferioridad.
El maestro que da clases mediocres, el médico que se limita a hacer recetas de PAMI y no revisa a sus pacientes, que ni los mira a los ojos... ¿Hay algo más triste que el médico que no mira a los ojos al paciente?... Conozco casos concretos de médicos redactores de recetas que ni siquiera le han visto la cara al paciente, así como están los héroes que trabajan para salvar vidas y que sí merecen tener ese diploma tan admirable.
El profesor que deja a los alumnos copiando cosas en lugar de dar clase en serio, en vez de despertar la creatividad, de luchar contra el tedio y motivar, y usa el tiempo irrecuperable para ir a charlar con la profesora del aula de al lado... o los directivos que cierran la puerta de su oficina para escuchar música y no ser molestados:
Todos ellos son mezquinos.
Ser empleada de una boutique o perfumería y no responder al saludo simpático de una clienta, es mezquino. No saludar al colectivero y tratarlo como si él mismo fuera una máquina expendedora de boletos, es mezquino.
Se puede ser mezquino con el dinero, con el tiempo y con la manifestación del cariño y del amor. Creo que con esto último no habría que ser reticente porque el afecto genuino es lo que esencialmente hace que seamos felices o infelices:
"Contigo, pan y cebolla". ¿Recuerdan el dicho?
No es una frase tonta porque cuando tenemos poco materialmente, sabemos con certeza al lado de quién seríamos capaces de capear la tormenta.
Hoy, como la mayoría de los domingos a la noche, vi un programa que me encanta: "Extreme makeover" (reconstrucción extrema). Allí, un grupo de gente muy profesional, entusiasta y solidaria recluta voluntarios y en una semana le construyen una casa a una familia que la necesita imperiosamente por circunstancias especiales.
Para quienes ven el programa, mis palabras no añadirán nada ya que es algo que hay que ver y que una vez visto y vivido, todo lo demás viene sobrando.
La narración no podría reemplazar los hechos.
Cada familia es escogida cuidadosamente. Hoy mostraron cómo una mujer admirable llamada Susan, ha adoptado a chicas que poseen discapacidades motoras y en dos de los casos, neurológicas.
Les hicieron una casa de ensueño hasta con elevador, cumplieron deseos impensados a personas que sufren las miradas escrutadoras de la gente, y una de las nenas llamada Faith, confesó que le cuesta mucho ir a la escuela porque la llaman "monstruo". Es decir que no solamente carecen de familia biológica por abandono o muerte de sus padres, sino que tres de ellas nacieron sin piernas, y tienen que soportar además que chicos malos en cuyas casas se ve que no se aprende nada útil, hagan de la tragedia de otros su divertimento.
¿Qué pasará por la mente de quien se burla de alguien con la cara quemada? ¿Le parece poco lo que le toca vivir al otro para encima llamarlo MONSTRUO?
El real monstruo es el burlista, tenga la edad que tenga, porque hay chicos a quienes no les nace reírse de otro que tiene una enfermedad o que ha quedado "antiestético" por un accidente.
Hay quienes son criados para integrar e integrarse a la vida, y existe también esa sub-clase quasi-humana compuesta por los pequeños malvados que con la edad incrementan la maldad y las tácticas hasta convertirse en indiferentes (en el mejor de los casos) o yendo a extremos terribles, en traficantes de órganos.
Creo que alguien puede mejorar y mucho con ayuda espiritual y con terapia, pero cambiar su esencia... de eso no estoy tan segura. Querría no ser tan escéptica. Quizás, alguna persona conozca algún caso que valga la pena rescatar. En lo que a mí respecta, los niños que hacían maldades que conocí, de adultos no han sido gente de bien, mientras que los que tenían buena cepa, la conservaron y algunos la desarrollaron con creces.
Hace mucho tiempo que pienso en esto: Si la actitud del Extreme Makeover se dispersara hacia todos nosotros, seríamos más felices... o felices por causas más valiosas y trascendentes.
¿Hay aquí en Argentina algo así como el Extreme Makeover? Pienso en que tal vez podría funcionar con éxito. A la gente le gusta colaborar, pero hay que convocarla, y eso tienen que hacerlo los que tienen el poder y el dinero para llevarlo a cabo.
Quiero cerrar esta entrada con una frase que dijo Faith, la niña con las quemaduras graves: "No juzgues a un libro por su tapa".
¡Yo digo AMÉN!
Nota: El dibujo con árboles fue pintado con acuarela y lápiz, usando base de cerúleo y sepia para neutralizar el azul. Es el boceto del telón de fondo de mi Werther, Acto III.
También aparecen los aros y el anillo que me hizo mi primo Federico, que es artesano, y algunos de mis objetos personales, plantas y partes de mi casa.